Después de un par de días sin poder ir al cerror, por fin volvimos. Y se notó las ganas: apuntamos para el Cerro Carlos Condell, acá en Curicó, donde lo bueno es que Luna puede andar sin correa y a su aire.

Luna sentada en el asiento delantero del auto, mirando hacia adelante
La copiloto oficial.

Apenas vio que subíamos al auto, ya tenía cachada la jugada. Se pasó solita para adelante y se instaló de copiloto, atenta al camino como si supiera perfecto para dónde íbamos.

Llegamos y empezó a subir feliz de la vida. Sin correa de por medio, marcó ella el ritmo: olfateando cada cosa que encontraba, parando donde quería, avanzando cuando le daba la gana.

Caminamos un buen trayecto tranquilos hasta que, de la nada, empezaron a aparecer personas trotando. Le pedía a Luna que se corriera a un lado o me siguiera para dejarles el paso. Al otro lado del cerro entendimos el porqué: había un evento de trail running con harta gente, unos 200 inscritos por lo menos.

Luna avanzando por la orilla del sendero mientras varios corredores pasan por el cerro
Puro avanzar por la orillita, sin darle bola al gentío.

Y ahí estuvo el hito del día: con tanto deportista pasando, Luna ni se inmutó. Algunos la saludaban, otros paraban a acariciarla y otros pasaban sin mirarnos. Ella se dejaba estar, tranquila, sin que le importara mucho el movimiento; lo suyo era seguir avanzando nomás por la orillita que le iban dejando libre.

Cruzando al otro lado nos topamos con la guardaparque, que andaba con Pantera, una cachorrita que vive en el cerro. La cuidan y la alimentan ahí mismo, así no anda en las calles arriesgando la vida. Mientras Luna se tomaba su rato, conversamos un poco: me contó que el cerro ha cambiado bastante, para mejor.

Volvimos por el lado que da al centro de Curicó. Por ahí ya no había corredores, así que el camino estuvo más tranquilo y Luna pudo ir olfateando todo con calma. Subimos hasta arriba, donde tenemos el agua, y tomó harta —venía con sed del trote.

Luna explorando entre los árboles del cerro
El cerro entero para explorar.

De vuelta paramos en el edificio abandonado, que es donde siempre jugamos un rato. Le tiré varias piñas chicas entre los árboles y anduvo un buen rato yendo a buscarlas. Después sí, agarramos el camino de bajada para la casa.

Llegamos y se echó al sol afuera. Salió el solcito justo, así que se quedó ahí tirada, cansada y contenta. Buen día para volver.